“Para anunciar la Buena noticia a los pobres”


Tuve un hogar en que la vida cristiana era apreciada y en que se trataba de vivirla lo mejor posible. Especialmente tuve una madre con profundo sentido religioso y un modo de actuar consecuente.

Entré a un colegio de la Congregación de los Sagrados Corazones donde la enseñanza, especialmente de las predicaciones y liturgias me mostraron un Jesús atrayente. Siempre tuve el deseo de seguirlo de algún modo.

La vida de los sacerdotes que conocí allí me parecía hermosa y digna de ser imitada.

Fue así que creció en mí la idea persistente de dedicarme a Dios. Lo obvio era hacerlo en esa Congregación, sin distinguir mucho entre sacerdocio y vida religiosa.

Había varios obstáculos para llegar a esa decisión. Algunos eran los normales de cualquiera que esté en esa situación: apego a una familia en que era muy feliz, deseo de formar un hogar, dificultad para dejar amigos y amigas, fiestas y todo eso. También me costaba porque ya nacía en mí la idea de servir a los pobres. Los padres de la Congregación me parecían muy acomodados atendiendo colegios para ricos.

Finalmente prevaleció el cariño y cercanía con la Congregación y me decidí a entrar en ella, pensando que, en el camino, sería posible buscar alguna forma de estar con los pobres. Lo cual de hecho ha sucedido.

En los años de formación dentro de la Congregación fue quedando más claro para mí la idea de una consagración total en una vida religiosa que predicaba con los hechos, es decir, que pretendía, con su vida, anunciar como Jesús, el Reino, en una vida comunitaria de hombres despojados de riquezas y honores, de hombres que renunciaba a formar su propia familia para darse por entero a Dios y procuraban vivir la fraternidad del Evangelio.

Simultáneamente se aclaró más la figura del sacerdote como sacramento de Cristo Mediador, para servicio de los pobres.

Desde entonces hasta ahora me ha parecido la máxima alegría, vivir para Dios hablándole del pueblo y servir al pueblo hablándole de Dios. La figura del sacerdote católico puede ser muy atacada, y a veces con razón. Pero es un hecho que difícilmente podría reemplazarse este personaje que, con todas sus debilidades e imperfecciones, tiene como profesión vivir para todos incansablemente de la mañana a la noche.

Esa figura y esa tarea me fascinaron desde un principio. Junto con la atracción por Jesús, me aseguraron que estaba llamado y determinaron mi decisión definitiva.


Fuente: "Te he llamado por tu nombre. Testimonios vocacionales de los sacerdotes del Clero de Valdivia”

ESTEBAN GUMUCIO: 10 AÑOS DESPUÉS


Por Enrique Moreno Laval sscc

Durante la semana que acaba de terminar, hemos vivido momentos muy intensos en torno a la memoria de nuestro querido padre Esteban Gumucio. El 6 de mayo, en particular, hemos conmemorado los 10 años de su fallecimiento. El lunes 2 celebramos a los testigos de Jesús que caminaron con el padre Esteban, y entre ellos a nuestro hermano Miguel Macaya. El martes 3 tuvimos un encuentro de reflexión a partir del poema “La Iglesia que yo amo”, escrito por el padre Esteban. El miércoles 3 vivimos una hermosa jornada musical con la participación de la orquesta sinfónica infantil y juvenil de la comuna de La Granja. El jueves 4 un grupo de 200 abuelos y abuelas recodaron al padre Esteban y recibieron el sacramento de la unción de los enfermos. El viernes 6 fue la gran celebración presidida por el arzobispo Ricardo Ezzati. El sábado 7 fue el turno de los niños y enseguida de los jóvenes.

Hemos vuelto a sentir la presencia del padre Esteban que sigue acompañando nuestro camino. Como un “peregrino de Emaús”, él sigue caminando junto a nosotros a la manera de Jesús. Hoy como ayer, sentimos su cariño, su preocupación por los que andan desconsolados, su empeño por transmitirnos esperanza, su mirada que nos invita a mirar a Jesús, su canto que nos anima en los desalientos. Alguien lo dijo: “El tata Esteban ha sido como otro Jesús junto a nosotros”.

¿Cómo no agradecerle al Señor tanto regalo? En medio de tiempos difíciles para la Iglesia, cuando se nos cree poco y algunos no sin razón desconfían de nosotros, qué bien nos hace reconocer en Esteban Gumucio a un sacerdote santo. Así lo reconoció nuestro arzobispo Ricardo al terminar la celebración del viernes: “Creo que la santidad de los sacerdotes es posible, y no solamente es posible, es real. Y por consiguiente la santidad de este sacerdote (el padre Esteban) nos viene a animar en el camino de la fidelidad a Jesucristo, en el camino de la entrega a los hermanos, especialmente a los más pequeños y los más pobres, y la alegría que se expresa en tantos versos del padre Esteban es también la alegría de muchos sacerdotes, de la inmensa mayoría de los sacerdotes”. Damos gracias a Dios.